Ya pusimos el arbolito. A mis sueños de un árbol decorado con gusto, plateado y rojo (o rosa, dirian algunas por aquí) se enfrenta la dura realidad: esferas de varios años, disparejas, unas botas en tela decoradas por los enanos (con la ayuda de su padre, quien dibujo por detrás al pequeño héroe cósmico), unas guirnaldas de colores, y para terminar, un pobre árbol con tres pobres ramas pelonas. Lo único en lo que me consultaron fue en las lucecitas, las cuales SI son rosas.
Claro, cómo olvidar las esferas de chocolate, una gran tradición aquí. Imaginen un arbolito cuyas esferas fueran comestibles; aún mejor, de chocolate belga. Pongan al dicho árbol en una casa con dos niñas de menos de 6 años. Imaginen las envolturas vacías, los papelitos plateados colgando vacíos de las ramas... Y los sendos bigotes de las susodichas. Sobre todo de la menor, que es una experta en salirse con la suya cuando la mamá no la esta viendo.
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